
Prejuicio.
1. m. Acción y efecto de prejuzgar.
2. m. Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal.
Hace unos años encontré a una persona que pasó brevemente por mi vida, pero que fue capaz de aportar algo a mi acervo personal de ideas. Era un chico amigo de una amiga, que pasaba brevemente por Sevilla, y que, cómo me suele pasar, conocí justo cuando su etapa en la ciudad estaba llegando a su fin. Aunque soy un hombre, tengo poca empatía con el género masculino, y a veces entre amigos me siento un poco forzado en situaciones con las que no me encuentro del todo a gusto, así que cuando encuentro a algún hombre con quien siento que puedo hablar y coincidimos en cosas, lo aprecio de verdad. Bueno, este chico era escultor, lo cual le hacía bastante exótico como persona, y una de sus obras, la que estaba “promocionando” o algo, en aquel momento era acerca de los prejuicios. Él defendía que el prejuicio separaba a la gente, pero que a su vez es un elemento de unión, un pegamento que es capaz de unir. Esta unión, en mi opinión se produce fundamentalmente a dos niveles:
Por un lado, si cosificamos el prejuicio como idea, es decir, no como un prejuicio o una serie de prejuicios concretos, si no como el hecho de que todos tengamos prejuicios, vemos que es un elemento completamente instalado en las relaciones sociales, y que de alguna manera es un elemento común, tanto por un lado como por el otro. Me explico de manera gráfica y banal: los pijos no se juntan con los canis porque son canis, y los canis hacen lo propio con los pijos. El elemento común a ambos “grupos sociales” en este caso sería el prejuicio que sienten mutuamente. Bien, esto es una obviedad, y como perogrullada me limito a exponerla y no la desarrollaré.
Por otro lado los prejuicios (esta vez en plural) son la cola que une los grupos sociales, es decir, son la delgada línea que se tiende entre diferentes grupos de personas. Y no hablo única y exclusivamente de grupos estéticamente bien delimitados, como el ejemplo anteriormente expuesto, sino que podríamos hacer grupos en los que englobar personas con características de lo más peregrinas. Por ejemplo, la gente con hijos podría ser un grupo frente a los que no tienen o quieren tener hijos. Otro grupo podría ser gente nacida durante la democracia frente a gente nacida en la transición. Y otro rubias vs morenas. No importa, siempre hay un pequeño prejuicio como mínimo que bilateralmente acaba uniéndolos.
Ahora bien, esta unión es como la que se da dentro de un átomo, donde los electrones están en su orbital (Dios sabe exactamente dónde) pero no en el núcleo, con los protones y neutrones. Es decir une, pero a la distancia adecuada. Esta distancia varía intergrupalmente, pero siempre existe a priori. Interesante teoría, sobre todo porque al final acabé amando al prejuicio. Me explico, el prejuicio existe en las sociedades y nace en las sociedades como elemento regulador, se retroalimenta y mantiene un equilibrio dinámico en la sociedad que la mantiene estable. Obviamente, si veo a un yonki pinchándose heroína con los ojos desorbitados, intento pasar rápido por su lado, gracias a mi prejuicio hacia los yonkis, de la misma manera que uno no va a discotecas dónde sabe que van hordas de canis de 18 años. Hay dos puntos en esta exposición que recalco: dinamismo y a priori, al fin y al cabo un prejuicio es un pre-juicio, en nuestra mano está la de pasar esta primera “criba” y hacer un juicio, para lo cual necesitamos más elementos que poder juzgar, que la simple apariencia o idea preconcebida (prejuicio…)
¿Y a qué viene tanta explicación? Pues bien, es curioso que en nuestra sociedad, la más cercana a mí, la española que vivo día a día, encuentre que hay dos tipos de personas en cuanto a los prejuicios. A riesgo de ser tendencioso voy a plasmar dos arquetipos, más o menos caricaturizados, pero que en cierto modo nos sirven para enmarcarnos a todos y cada uno de nosotros, en mayor o menor grado, por supuesto. Por un lado está el conservador, normalmente de derechas, y que suele ser alguien prejuicioso, pero a gusto con sus prejuicios, de los que no se avergüenza y que rara vez rompería. Por otro lado está el liberal, de izquierdas, y que tiene un gran prejuicio contra los prejuicios, y que sin embargo le cuesta liberarse de sus propios prejuicios. Obviamente no estoy hablando de un pijo del PP ni de un perriflauta con rastas del partido anarka de su pueblo, son extremos en una escala. Bien, yo siempre me he considerado más liberal que conservador, aunque nunca me he identificado del todo con las ideas “liberales” preponderantes en este país. Como liberal siempre he tenido prejuicio al prejuicio, y he sido tan prejuicioso como cualquiera, algo que me resultaba algo incómodo y de alguna manera hipócrita, y Dios sabe que lo que más odio es la hipocresía. Sin embargo tras el análisis crudo del prejuicio me siento totalmente a gusto con mis prejuicios y nada hipócrita, aun así, me siento menos prejuicioso que el más liberal de los liberales. Cuando miro atrás me doy cuenta de que he roto muchos prejuicios hacia personas y cosas que me han aportado mucho una vez las he dejado entrar en mi vida y someterlas al juicio que TODOS hacemos, más o menos conscientemente.
Este post viene motivado por una situación que me he encontrado en mi vida constantemente, y que, por avatares diversos, estoy siendo consciente de que está ocurriendo de nuevo a mi alrededor. Además esto enlaza perfectamente con mi post sobre la superficialidad, de la que hable hace ya más de un año y que se completa con éste. Curiosamente, siento prejuicios hacia mí de gente que me considera superficial, y que son incapaces de romper la pequeña barrera que siempre existe cuando dos personas se conocen. Y digo curiosamente, porque la mayoría de estas personas promulgan su falta de prejuicios, su liberalismo y su riqueza interior así como su apertura de mente, y sin embargo veo, cada día, cómo se quedan conmigo en el prejuicio… Como decía en mi post anterior, se me ve distante, altivo y frívolo y el caso es que soy tímido, timidez de romper la primera barrera, no sé, nunca he sabido cómo abrir la primera puerta, lo cual no significa que no quiera abrirla. A todas estas personas, entiendo que no quieran acercarse a mí por su prejuicio, pero por favor, no sean hipócritas, acepten su prejuicio o en caso contrario, denme una oportunidad antes de decir a mis espaldas lo que no saben de mí, pensando que soy lo que no soy.
A estas alturas debería darme igual lo que los demás piensen de mí, pero el caso es que no me da igual, al menos no del todo. Sin embargo este post no es una especie de venganza o una declaración tipo “ande yo caliente”. Simplemente quiero poner de relieve una reflexión que he extraído de todo esto, que se me antoja deliciosa (a riesgo de parecer pedante): Curioso que áquel abierto de mente sin prejuicios me considere superficial según su propio prejuicio, lo cual no deja de convertirle en tremendamente superficial. Pero ¿qué más me da? Quien quiera conocerme que lo haga, yo nunca he mirado a nadie por encima del hombro, y sí, me cuesta mucho decir hola en el pasillo, así que, por favor sólo pido que se me devuelva el saludo.













